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lunes, 21 de marzo de 2011

Donde el Estado no llega

Recorrido por el corregimiento El Manzanillo, zona rural del municipio de Itagüí donde la pobreza, el ingreso de jóvenes a grupos armados ilegales y la contaminación ambiental son las principales problemáticas.

Por Johnatan Jesús Clavijo
johnatan1058@gmail.com

Caminando por las calles cercanas al Parque Principal de Itagüí, un niño de unos trece años camina con una navaja en la mano. De repente la abre y justo al paso de un hombre de edad hace el amague de acribillarlo por la espalda.

Pocos centímetros separaron el arma blanca del cuerpo de aquel anciano que quedó atónito ante la escena. Al pasar cerca a mí, el menor, con gafas oscuras de marco color verde y no precisamente andando en harapos, replica: “Tan bueno matar a todos estos hijueputas”. Quedo impávido.

Que un menor camine intimidante con un arma en sus manos, amenazando a diestra y siniestra, no puede ser sino el reflejo de una sociedad convulsionada. Precisamente el municipio de Itagüí en los últimos dos años ha ocupado el segundo lugar con mayor cantidad de muertes violentas en Antioquia, después de Medellín, y uno de los primeros lugares del país en cantidad de homicidios por cada cien mil habitantes. En el 2010 fueron 303 las personas que, según cifras de la Policía Nacional, fueron asesinadas en esta jurisdicción.

Precisamente me dirijo hacia el corregimiento El Manzanillo, zona rural de Itagüí. Este es uno de los lugares donde con mayor fuerza ha golpeado el látigo de la violencia. Para llegar allí hay que subir por las populares lomas que caracterizan la geografía urbana del Área Metropolitana del Valle de Aburrá

Al llegar, de inmediato se puede notar que las gentes del lugar son personas honestas, amables y alegres. Sin embargo, la población infantil y juvenil es mucha y las zonas de esparcimiento y recreación son pocas. La pobreza también se evidencia de primera mano. He aquí dos razones para pensar que este es el caldo de cultivo apropiado del que se han valido los señores del poder delincuencial para desangrar este territorio. Muchos jóvenes del lugar han caído por culpa de las balas que sus pares descargan durante las populares ‘plomaceras’ nocturnas, y diurnas algunas, que desde finales de 2010 han dejado de ocurrir, pero que antes eran el pan de cada día.

Como en todos los lugares donde la mayoría de construcciones son producto de una invasión la nomenclatura es casi imposible. Las calles mientras más alejadas en peor estado. Las ladrilleras del sector, motor industrial del sector y principal fuente de contaminación y sobreexplotación de los recursos medio ambientales, han decidido hacerle frente a la situación picando parte de su producción para prevenir los lodazales en temporada de lluvias.

Las problemáticas sociales y económicas del sector son desatendidas por una Administración que parece no mirar a su periferia. Antes de dotar de servicios públicos a la población, de la cual una buena proporción no cuenta con servicios de agua potable y luz eléctrica, prefiere hacer el avalúo catastral de las humildes casas para saber cuánto van a pagar el próximo año.

El corregimiento El Manzanillo es solo un ejemplo de la vida en las periferias cercanas a las grandes ciudades. Lugares donde las vidas rurales y urbanas se mezclan, ofreciendo un entrañable olor a campo que es irrumpido por la lenta pero firme llegada de la ciudad. Unos lugares donde el Estado es prácticamente inexistente y el poder no queda vacío.

Recorrido en fotografías

miércoles, 9 de febrero de 2011

Chávez y la autocracia constitucional

El pasado 02 de febrero Hugo Chávez Frías cumplió doce años como primer mandatario de la República Bolivariana de Venezuela, siendo uno de los presidentes con mayor reconocimiento global por sus particulares formas políticas y su arraigado sentimiento latinoamericanista. Un líder regional que no pasa desapercibido y que con sus posiciones radicales ha posicionado toda una línea de pensamiento denominada “El socialismo del siglo XXI”.

Por Johnatan Jesús Clavijo
johnatan1058@gmail.com

Hay hombres que por su naturaleza misma tienden a generar polarizaciones en sus semejantes: o son amados o son odiados. Hugo Chávez Frías, Presidente de Venezuela desde el 02 de febrero de 1999, es precisamente este tipo de hombre sobre el que se concentra tanta atención que es indefectible que genere sensaciones.

Según se destaca en la revista colombiana Dinero “la inversión social es la gran bandera del Ejecutivo chavista, que muestra como éxitos la implementación de las misiones o programas de salud y educación con la ayuda de Cuba, que mantiene unos 40.000 cooperantes en el país suramericano”.

Sin embargo, la percepción desde el exterior de la realidad venezolana es distinta de la que podrían referir los sectores populares venezolanos, principales beneficiaros de las políticas del Presidente Chávez.

Para el ex Canciller colombiano Augusto Ramírez Ocampo, es fundamental tomar en cuenta que Chávez llegó al poder bajo la propuesta de una reforma constitucional que, al momento de su aplicación, dejó un gran poder en el Ejecutivo y disminuyó los poderes de las demás ramas.

Según Ramírez Ocampo, la popularidad de Chávez es “enorme” y esto se debe principalmente a la riqueza petrolera ya que “en el momento en el que él llegó al poder el barril de petróleo estaba en 27 dólares, ahora está en 95 y llegó a estar en 140. Esas diferencias las manejaba él en su bolsillo y asignaba los recursos a su amaño. Con eso compró varios gobiernos como el de Bolivia, Nicaragua, algunos de Centroamérica y del Caribe, de todas maneras, con ese poder enorme pudo montar algunos proyectos sociales”.

Algunos de los problemas en Venezuela

Pero, así como tiene ganancias enormes por la producción petrolera, para el ex canciller colombiano pudieron ser mayores, pues Chávez tomó la decisión de “montarse en la empresa más grande de Venezuela: PDVSA y despedir 10.000 trabajadores que sabían manejar esa empresa a las mil maravillas. Antes la empresa producía tres millones de barriles y ahora está produciendo dos”.

Esto produjo la gran crisis petrolera de finales del 2002 y principios de 2003 en Venezuela que, debido al fracaso de las negociaciones entre gobierno PDVSA, llevó al Ejecutivo a tomar la determinación de despedir tal cantidad de empleados y reformar completamente la empresa de mayor importancia en ese país. Este golpe significó un nuevo inicio para la empresa y una caída libre en su proyecto económico, como ya lo demostraban las cifras referidas por el ex canciller.

Pero este no es el únic problema que ha tenido que afrontar el pueblo venezolano. Ramírez Ocampo recalca que “Venezuela tiene la mayor inflación del mundo; por encima del 30%, por lo tanto el descontento ciudadano es muy grande si se toma en consideración con el que tenía en su principio. (…) La popularidad se le está disminuyendo”.

Además, las continuas expropiaciones que ha ejecutado en los últimos años de su gobierno también le han granjeado una imagen negativa en la comunidad internacional. “Las empresas que ha expropiado no funcionan; la administración del Estado está muy deteriorada y es muy corrupta. Esto se ve sobre todo en el tema de las importaciones de bienes de primera necesidad”.

Este balance deja un mal panorama en la situación económica y política del país, que es resuelta por los simpatizantes chavistas con la palabra "revolución".

Chávez ¿por 20 años más?

Sobre cuanto tipo más puede durar en el poder el primer mandatario venezolano, el ex canciller Ramírez Ocampo menciona que Chávez “ya ha anunciado que espera gobernar por lo menos 20 años más, con lo cual ya completaría 32. (…) El gobierno encariña mucho como ya tenemos algunas pruebas en Colombia, por lo tanto la persona que está al mando como Presidente, más en Venezuela que tiene una larga tradición de dictaduras, está muy amañado en el poder y no piensa soltarlo”.

Palabras de Augusto Ramírez Ocampo

Sobre el aumento de Poder del Ejecutivo:


Sobre las dificultades del sistema democrático y las continuas expropiaciones

Los hechos más destacados del gobierno Chávez

Una victoria importante que significó el inicio de una revolución social, política y económica; una nueva Constitución Política; un golpe de Estado; huelgas petroleras y de trabajadores; relaciones internacionales al rojo vivo; y, finalmente, las últimas jugadas de las expropiaciones y nacionalizaciones son solo algunos de los elementos que han vivido los venezolanos durante los doce años de gobierno de Hugo Chávez. Doce años que demuestran la convulsión interna en Venezuela, debido a la multiplicidad de las reformas.

domingo, 31 de octubre de 2010

Por una reforma en los valores sociales

No hace falta valerse de estudios rigurosos para descubrir que el ideal de muchos de los jóvenes que viven en condiciones de marginalidad es tener dinero. El sistema actual les ha mostrado el universo de cosas que pueden tener si tuvieran dinero. Con dinero se compran autos de lujo; con dinero se puede tener una mansión; con dinero se pueden tener mujeres hermosas. El “mundo perfecto”.

No digo que sean todos los jóvenes y tampoco quiero decir que sean sólo aquellos que viven en situaciones difíciles quienes ven esas características antes mencionadas como el “mundo perfecto”. No. Pero sí creo que muchos de los jóvenes que actualmente están participando de los grupos armados ilegales que delinquen en los barrios creen en ese ideal de vida como el mejor.

Lo han visto así en los medios, lo han vivido así en las bares cuando son discriminados o cuando ven los enormes centros comerciales donde no pueden comprar nada. Envidian esas condiciones de vida. Quieren verse algún día como aquellos cantantes de reggaeton que convierten sus videos en la perfecta muestra del ideal capitalista de la vida. Lujo, licor y mujeres. (Y no estoy diciendo que no me guste el reggaeton, ni el licor, ni el lujo, ni las mujeres. Yo también caigo)

Este deseo, se convierte casi que en una meta a cumplir para el futuro. Los jóvenes en condiciones marginales siempre han vivido en un mundo que les ha mostrado obstáculos. Ellos quieren una vida sin límites. Quieren poder tenerlo todo. Quieren Poder.

En su cotidianidad han visto como las armas son la herramienta para tener el poder supremo. Para hacer arrodillar a quien se quiera. Para acabar con quien no gusta. Para tener Poder. Además, quien tiene armas, tiene dinero. No importa su origen pero lo tiene. Y el dinero se convierte en medio y en fin. Con dinero, podremos conseguir más dinero. Pero, para eso, hay que empezar desde abajo. Ganando menos. Pero, ya sabemos que el dinero es medio y fin.

Por estas razones nuestros jóvenes terminan en las trincheras y no en las escuelas. Las escuelas están perdiendo jóvenes. El deseo de ese “mundo perfecto” ha superado el ideal de tener una vida digna y humilde. No pobre, sino humilde.

Los pobres no deberíamos aspirar a ser millonarios. Si fuéramos millonarios traicionaríamos nuestros orígenes, pues ser ricos significa entrar a esa clase que nos ha mantenido durante tanto tiempo en la peor posición en la “pirámide social”. Es más, nadie debería aspirar ser millonario. Pero ese es el fin último que ha construido el capitalismo salvaje.

Para llegar a ser millonario, necesariamente se necesita ser egoísta... y miope para no ver que mientras yo puedo ser tan ostentoso y tenerlo todo, hay quienes no tienen absolutamente nada. Pero, "no importa, porque yo puedo tenerlo todo".

He aquí la importancia de una reforma en los valores sociales. Una reforma que necesariamente implica un cambio de sistema económico, donde el ideal no sea una vida de millonarios, sino una vida digna, donde se respeten los derechos y se cumplan los deberes. Una reforma en los valores que necesariamente se encamina a una real democracia.

Una reforma necesaria. Y se necesitan voluntarios que militen en la idea de un nuevo estilo de vida.

martes, 21 de septiembre de 2010

La justicia - Historia ficticia de un cuadro

La Justicia-Débora Arango

Me siento avergonzado ¿Hasta dónde he caído? ¿Qué hago aquí? Me duele el alma… y la cabeza ¿en qué momento decidí vincularme a este sucio juego?

No puedo sostenerme. Cierro mis ojos y evito el espectáculo. Al fin de cuentas falta poco para la muerte.

Por unos momentos el hombre permaneció estático. Cuando cerró sus ojos y se sostuvo de la puerta, su mente lo llevó de la mano hasta los inicios de su vida. Y ahí estaba en su niñez. Su abuelo, Eufrasio Caro, lisiado de su pierna derecha, después de haber pertenecido a la fracción Nacional liderada por el viejo Sanclemente en la guerra de los mil días, lo miraba rezar desde la mecedora mientras su abuela, Matilde Gómez de Caro, estaba arrodillada al lado del pequeño, cabizbaja, frente a la imagen del Jesús Caído, único buen recuerdo de la guerra, regalado por el Padre Pérez a la señora Matilde en contraprestación de los servicios brindados a la patria por su esposo y los sacrificios que vivió en Panamá en defensa de la nación y sus gobernantes “legítimamente constituidos”.

“¡Maldito Uribe Uribe, estarás en el infierno quemándote, rojo desgraciado!”, recordó Libardito Caro Gómez que respondió su abuelo cuando le preguntó por el hombre para poder realizar una tarea escolar. “¡Malditos liberales, maldito Pumarejo y su revolución, enseñándole a los niños la vida de estos vende patrias! Ellos también terminaran en el infierno mijo, y entre más rápido se vayan para allá mejor”. Esas palabras dejaron marcado su camino en la vida. Eso, y la muerte de sus padres, cuando era un pequeño, en los primero años de la década del treinta, durante el génesis de la violencia bipartidista, cuando cayeron víctimas de una masacre.

Por eso, cuando se conformó el grupo de pájaros, es decir, los grupos armados de los conservadores, en la década del sesenta, Libardito, ya un hombre maduro, no dudó un segundo en vincularse a la causa y acabar con la chusma. Vio matar al primer liberal una noche de agosto, cuando encerraron en una casa a un humilde campesino que no apoyaba al alcalde local. Pensó de más… y lo dijo en público. Eso siempre ha constituido un delito en Colombia.

Esa primera noche de muerte, Libardito no pudo dormir. En su mente quedó el recuerdo del hombre, suplicante, mientras sus amigos, los pájaros, disfrutaban de su dolor. El reflejo de los hombres atacando al campesino con sus machetes se veía en el muro como un grupo de gallinazos agarrando despiadadamente carne de un animal descompuesto.

Pero, con el tiempo se fue acostumbrando a la muerte. Incluso, la primera vez que mató no fue tan traumática. Fue rápida, con un arma arrebató la vida de uno de los hijos del hombre que ordenó la masacre en la que murieron sus padres. Libardito alimentó la venganza con cada padrenuestro pidiendo la muerte de los asesinos de sus padres, como forma de hacer justicia.

Sin embargo, todo cambió en el pueblo aquella noche en que llegó Leonela Castro, una prostituta venida a menos en la ciudad, que iba a aprovechar la bonanza cafetera de aquellos días para vender su cuerpo a los desesperados campesinos que se sentían complacidos de que una muchacha de ciudad accediera a sus peticiones, así fuera por dinero… así fuera por mucho dinero. Al fin y al cabo había plata.

Leonela más que el mismísimo Frente Nacional, fue capaz de unir a liberales y conservadores en el pueblo. Tanto unos como otros se reunían a comentar su belleza, describir las hazañas conseguidas con ella en noches de amores fingidos, y más de un novato se acercaba a probar suerte con esta apetecida mujer que prefería viejos con dinero que “gusticos mal pagados”. Al fin de cuentas, como decía ella al dueño del bar donde encontró su mina “en este pueblo de mierda no me voy a quedar”.

Libardito, homosexual escondido como siempre había sido, ni se preocupó por ver a la mujer que representaba la euforia del pueblo. Todos hablaban de ella y Libardito, ni se daba por enterado. Prefería difuminarse en pensamientos que él consideraba “poco importantes”, como ¿qué pensarían los demás de su condición sexual? O ¿por qué no podía integrarse a una conversación de ese estilo?

Sus compañeros de asechanzas, sospechosos del silencio del joven cuando se referían a esos temas, ponían al descubierto su debilidad entre chanzas; cuestiones que, a la larga, quedaban amilanadas frente a la reacción del joven Libardito, a quien nadie le desconocía la habilidad de matar. Quebraba lo que tenía cerca o sacaba su arma para apuntar al que pusiera en duda su sexualidad o a quien lo sacara de quicio.

En la conversación sobre Leonela la situación no cambió. La historia fue la misma, sólo que esta vez, uno de sus compañeros fue víctima de un impacto de bala en su muslo derecho, muy cerca a su ingle, cuando Libardito gritó “¡vamos a ver quién es más hombre después de esto hijueputa!”. Libardito, no le dio donde quería por lástima y miedo; pero, dejó un mensaje claro a los demás.

La situación fue tan compleja que las voces de sus compañeros llegaron hasta el cacique de la zona, que vivía en la capital y fungía de representante del pueblo, mientras alimentaba su panza con las mejores carnes. Cuando llegó a la pequeña población lo recibieron así:

-¡Patrón, el Libardito casi le vuela las güevas a Casimiro anoche! Si viera el muy marica…

-Por algo le dio al pendejo ese. ¿Qué pasó?

-Estábamos hablando de la Leonela y lo jodimos por ser el único del pueblo que no se la ha comido.

-¿Leonela?

-No la conoce, patrón. Debería.

-Tráiganla. Después miramos lo de Casimiro. Lo de Libardito me preocupa, tan buen tipo que ha sido. Mucho marica. Tráiganlo también si se lo encuentran

Dos de los hombres fueron al burdel con sus tradicionales bolillos, las ruanas azules y los quepis, que los identificaban como pájaros. Incluso, los niños jugaban a escondidas a adivinar cuál tenía el pico más grande, mientras miraban atentamente las gorras militares. Cuando llegaron al bar y hablaron con el dueño, éste les impidió entrar diciendo que Leonela estaba con un cliente que había pagado muy bien sus servicios, por ponerla a trabajar en horas de descanso.

Sin importar nada, los dos pájaros, subieron al cuarto amenazando al dueño del lugar. Cuando llegaron, la sorpresa los invadió al ver a Libardito acostado con Leonela. Libardito, desesperado por buscar salida a su situación, se fue donde la prostituta y le pidió enseñarle a amar a una mujer. Ella, al ver el dinero de Libardito, accedió sin reparo a sus peticiones, pensando que el que nace marica, marica se queda.

Los pájaros se sorprendieron al ver a Libardito en esas. Reaccionaron cinco segundos más tarde, cuando tiraron al muchacho de la cama y le dijeron “¡A vestirse! los dos que nos acompañan donde el patrón”.

La mujer se puso rápidamente su vestido rojo con azul, que tanto gustaba a liberales y godos. Libardito agarró su ropa y se la puso de inmediato. Mientras salían, uno de los hombres le dijo a Leonela: “Pa’ que se acuesta con maricas, mamasita, aprovéchenos a nosotros”, comentario que se transformó en una carcajada cómplice de los tres individuos. Atrás quedó Libardito, sosteniendo su cabeza y su mano de la puerta, por la tristeza y el vacío que lo angustiaban.

Libardito se sentía víctima de sus propias decisiones y resolvió que si alguien tenía que aplicar justicia sobre sus actos sería él mismo. ¿Para qué la venganza? Se preguntó casi que respondiéndose al mismo tiempo.

Su homosexualidad y sus muertos eran unas cruces que ya no quería cargar. Libardito, quien creyó necesario en algún momento de su vida hacer justicia con sus propias manos, tomó la decisión de aplicar la misma premisa para su vida. Una extraña forma de entender la justicia, pensará el lector, pero quizás no se ha puesto lo suficiente en los zapatos de Libardito.

jueves, 9 de julio de 2009

Sobreviviendo de la arena

Este trabajo periodístico fue hecho en conjunto con el blog El Buscador de Mentiras. Para conocer más sobre las condiciones generales de trabajo y de vida que tienen los areneros del río Medellín, ingresa al blog y podrás encontrar una amplia información por medio de la cual podrá conocer más de este tema.

Un sol resplandeciente sale poco a poco de entre las montañas que rodean a Medellín. El suave viento mañanero seca la arena recién conseguida del río. La canoa permanece inmóvil en la rivera mientras un hombre bajo, de apariencia vigorosa y fornida, en medio de un movimiento rutinario, recoge con su pala la arena que descansa en la barcaza de madera y la lanza a las orillas del río.

Pasa un momento y la arena ya ha formado unos pequeños montículos. La canoa está vacía y el hombre retorna, en compañía de su primo, a la mitad del río para obtener más del material silíceo. El hombre bajo, cual guerrero romano, se levanta firme en la proa, mientras su compañero de trabajo camina entre las aguas -casi sobre ellas-, en una escena que más parece bíblica.

Ahora irán por más arena y tras tener su canoa llena volverán a la rivera y vaciarán todo su contenido en lo que ellos entienden en su argot como ‘la playa’ o lugar cercano a la orilla del río, donde ellos tienen dispuestos sus montículos de material a la espera de algún cliente que lo compre.


El procedimiento rutinario se convierte en el día a día de estos dos hombres que desde su niñez se han acostumbrado al rudo roce de la pala con sus manos, al contacto con las aguas del río Medellín, al sol inclemente y a la molesta lluvia que interrumpe la labor.

¿Qué si han querido trabajar en otra cosa? Sí, varias veces estos hombres han querido salir de estas oscuras aguas que, parece, les han determinado sus destinos. Frente a esta misma pregunta el hombre bajo responde, en una contradictoria mezcla de rabia y buen humor, que a él “le gusta trabajar en todo; no hay nada que se me salve. Es que lo que hace falta son oportunidades”.

Tras responder esto, él agacha su cabeza y continúa paleando, paleando y paleando. Su trabajo le gusta, pero en muestra del insaciable deseo humano por ser cada día mejor, quisiera una trabajo que le ofreciera unas condiciones de vida distintas; por lo menos, más estables.

Canoa va y canoa viene, pala entra y pala lanza; ese es el día de este hombre bajo que vive en Moravia y que desde los seis años ha tenido que soportar esta rutina. Su nombre es John Fernando Cardona, tiene 39 años y esta es su historia.

Glosario de términos del negocio de la arena

Cuando los areneros hablan de una canoa o de una pala, fácilmente podemos comprender el significado de estos términos y entender que ellos se refieren a dos de sus herramientas de trabajo de mayor importancia; pero las dificultades de comprensión se sobrevienen cuando ellos se refieren a elementos y lugares que hacen parte de su cotidianidad como los 'los trinchos' y 'la playa'.

Por esta razón hemos dispuesto este glosario de términos, que simplifica el argot arenero y explica el significado de los términos más comunes dentro de este negocio.




"Un trabajo bueno"

La independencia en su trabajo; saber que si quiere va y si quiere no va; entender que lo que se gana en un día solamente lo tiene que repartir con su compañero y no tener que dárselo a un jefe, esto es lo que hace, en opinión de John Fernando Cardona, del trabajo como arenero, "un trabajo bueno".

Una vida en el río

De antaño son los recuerdos de aquello tiempos en los que después de estudiar, John Fernando y su primo Jorge Alberto llevaban el almuerzo a su abuelo y a sus tíos, que tenían como puesto de trabajo las orillas del río Medellín.

Mientras sus familiares almorzaban, los pequeños jugaban entre la arena que recogían sus padres y el río… Jamás se les cruzó por la mente que en este lugar pasarían muchos años de su vida y continuarían con el negocio familiar.

Los años pasaban y el juego, en adelante, cambiaría su dinámica. Ahora John y Jorge nadaban entre las aguas del río y recogían los metales que bajaban por su cauce; más tarde los vendían en cualquier chatarrería y fue así como obtuvieron sus primeras monedas.

Ya el estudio se le fue haciendo aburrido al joven John Fernando y el saberse dueño de algún dinero le complacía más que las aterradoras clases con aquel profesor que recuerda como una “chanda”.

Más tarde, cuando apenas estaba en cuarto de primaria, John Fernando tomó una decisión que marcaría su vida. Tras ser expulsado de su colegio por intercambiar un ‘pellizco’ de su profesor por una ‘pedrada’, se negó la posibilidad de entrar a estudiar y resolvió ayudar a su padre en su trabajo y dejar la escuela.

Los años pasaron y la juventud fue llegando entre las canoas, las palas y la arena. Al hablar de las mujeres, sonríe pícaro al recordar sus años nobles. Para él, lo claro es que tenía lo necesario para llamar la atención de las jóvenes: el dinero, fruto de su trabajo, y sus talentosos pasos de baile.

Pero ahora, John Fernando valora el estudio como nadie, pero piensa que para él es un poco tarde. Tanto así que cuando su hijo le propuso ayudarle en su trabajo y salirse del colegio, Fernando le dijo con dureza: “Eso no me lo vuelva a decir ni en broma. Mientras yo pueda darle el estudio, me estudia. Yo no quiero que sea lo que yo soy”.

Ahora su hijo tiene 19 años y tras graduarse del colegio, ayuda a su madre eventualmente en una microempresa de confecciones. Sin embargo, John Fernando le niega a su hijo toda puerta de entrada al negocio diciendo que: “Donde yo deje a mi hijo trabajar acá le pasa lo mismo que a mi… Le toca morir en este río”.

Por su parte, su pequeña hija de doce años, quien cursa séptimo grado en el colegio, ya no acompaña a su padre en las jornadas laborales, mientras disfrutaba de las vacaciones. Antes jugaba entre la arena y sentía la sensación que han tenido pocos, de navegar por el río Medellín. Ahora, Fernando confiesa que ella se siente apenada por el trabajo de su padre.

Entre el negocio de la arena se crió Fernando y hasta el sol de hoy es su modo de subsistencia. Sus condiciones de vida no son las mejores, pero el arenero deja el dinero suficiente para que él, su esposa y sus dos hijos sobrevivan.



miércoles, 8 de julio de 2009

Video: Los areneros del río Medellín

En los zapatos de un arenero

Apenas comienza la mañana y los areneros ya están en las riberas del río Medellín, preparados para una nueva jornada laboral. Algunos por herencia, otros por la falta de oportunidades y la mayoría por causa del desempleo decidieron día a día buscar su sustento en el fondo de estas aguas por las que han desfilado hasta muertos.

Esta es la forma en que ellos se ganan la vida y este es su día a día:


martes, 9 de junio de 2009

Recorriendo los caminos del pasado-Historia de Santo Domingo Savio

Un sol veraniego me persigue mientras camino por los laberínticos recorridos del interior del barrio Santo Domingo Savio. Cada vez estoy más lejos de la estación del Metrocable; de las sonrisas de los niños que disfrutan en el parque; de las miradas inmóviles, casi extasiadas, de los turistas que divisan todo el Valle de Aburrá desde ‘La Montaña’.

Sigo caminando lentamente y de la vista se me pierde la maravilla arquitectónica del Parque Biblioteca España. Ya no veo tampoco los altos muros de la Institución Educativa La Candelaria, ni la imponencia de la estación del Metrocable. Me rodean casas no tan coloridas, construidas en madera o en bareque, algunas con unas tejas endebles y otras con los ventanales descubiertos por unos vidrios que dejaron una pequeña porción de lo que fueron.

Y pensar que estos minúsculos caminos que ahora recorro fueron los cómplices pasadizos que cruzaban los ‘rambos criollos’ en medio de sus disputas. Desfiladeros compinches que llevaban a los renegados a sus escondites y desubicaban a la policía, que se tenía que declarar ignorante a la hora de cruzarlos. “Pero esas eran viejas épocas –me dirían después– ahora todo está más calmado”.

Llego a un punto en que mi camino se acaba, lo que resta ahora es trocha. A mi lado está una casa que parece salir de otra y que cuenta con unas endebles escaleras de madera que llevan a la improvisada puerta, también de madera. Frente a esta casa, sobresale una vivienda de dos pisos. Me llama la atención que el segundo piso esté al mismo nivel del suelo, mientras que el primer piso parece incrustado en la tierra, rodeado por una muralla café cubierta por alguna maleza y que cubre el camino de no más de cincuenta centímetros de ancho que lleva a una escondida puerta azul que es la entrada de la casa.

Luego de mi recorrido regreso al mirador de Santo Domingo Savio, muy cerca de la estación del Metrocable. De nuevo vuelvo a ser un turista común que no rebasa los límites de su visita; quizá por miedo; quizá porque no le interesa mucho ver más allá de lo bello.

Me acerco a una mujer de edad que está acompañada por una de sus amigas en una infructífera venta de empanadas para preguntarles por una persona que haya vivido por muchos años en el barrio; una de ellas me responde que aunque había vivido mucho tiempo en Santo Domingo, lo dejó por algunos años y ahora había regresado. A pesar de no poder ayudarme y luego de repasar en su mente, la mujer me señala una casa a pocos metros del lugar en donde estamos; me dice que pregunte por María Celmira Bustamante, “ella lleva mucho tiempo viviendo por acá”, culmina.

La experiencia rodeó la mesa

La tertulia de domingo es interrumpida cuando mi voz resuena en la pequeña sala preguntando por doña Celmira. La mujer, con cara amable, sale a mi llamado y luego de comentarle que quiero reconstruir la historia de Santo Domingo Savio a partir de las experiencias de sus más antiguos habitantes ella accede sin problemas. Los más jóvenes, antes de retirarse de la pequeña sala, me advierten que he llegado al lugar correcto y que ella desde hace años ha vivido en el barrio y se conoce todas las historias al derecho y al revés.

Me siento en una modesta silla de la sala, doña Celmira y su esposo se sientan a mi lado. Vamos a empezar la charla cuando dos hombres entran, el uno es de apariencia desaliñada y demasiado juvenil para sus años, y el otro es de un aspecto bonachón y simpático, que revela el correr de su vida con el blanco de sus cabellos. Doña Celmira los mira, me sonríe y dice “Eh! Usted si es muy de buenas ellos también llevan mucho tiempo en el barrio”. Son Alonso Montoya, hijo de uno de los fundadores del barrio y quien vive en Santo Domingo desde sus 8 años y Luis Enrique Gutiérrez, un hombre que a sus 16 años se vino de su pueblo en busca de un mejor futuro en la ciudad y empezó a vivir en un ranchito por unos días, desconociendo que pasaría allí el resto de sus días.

Ahora la sala está llena de experiencias; algunas amargas y otras graciosas, algunas imborrables y otras que se quieren olvidar; pero todas ellas, al fin de cuentas, son el fiel reflejo de…

…Los caminos de la vida

Con tan sólo cinco años esta niña no tenía ni padre ni madre y vivía a la deriva en medio de la pobreza; venía del municipio de Abejorral junto a sus hermanos mayores. Los paisajes verdes a los que estaba acostumbrada no cambiarían mucho; ahora viviría en lo alto de una montaña junto a algunos de sus tíos que la ayudaron luego de haber quedado desamparada. Era el año de 1966 y María Celmira aún no sabía que el naciente barrio que pisó cuando apenas hablaba, sería su hogar por toda su vida.

Para esa época la vida en Santo Domingo no era nada fácil. “Las casas no eran casas, sino ranchos” recuerda en medio de risas doña Celmira. Los más acaudalados de un barrio que siempre a sido de pobres eran quienes podían comprar tejas; los demás tenían que cubrir sus chozas con latas de zinc o con cualquier otra cubierta barata que evitara dormir a la intemperie.

La situación era difícil, pero María Celmira lo tenía que soportar. Era la realidad que le tocaba vivir. Ella vivía con su familia muy cerca al sector de La Esperanza, un territorio aún más arriba de Santo Domingo Savio en donde la mula era el medio de transporte por obligación. Todos los habitantes de este sector tenían que madrugar más que cualquier otro obrero para ir a trabajar.

Pero las dificultades del día a día no se limitaban a la pobreza ni a la movilidad; los servicios públicos para estos humildes habitantes parecían una ilusión que nunca subiría por aquella loma. Doña Celmira recuerda que “a nosotros nos tocaba ir a la Aldea (zona cercana) a lavar, a cargar el agua, allá nos bañábamos con pantaloneta y camiseta, porque no había agua”. Para poder llevar el agua a su hogar, Celmira y sus hermanos tenían que cargar las canecas rebosantes de agua extraída de los tanques comunitarios para poder acceder al líquido vital.

El barrio y sus alrededores poco a poco se fue poblando; cada vez llegaba más gente de diversos municipios del departamento de Antioquia a asentarse en estos territorios e invadir lo que no era de nadie.

Uno de esos días cualquiera, un joven entusiasta y aventurero venido de Santafé de Antioquia en búsqueda de progreso, con tan sólo 16 años de edad, llegaba al barrio y se convertía en uno más de sus pobladores. A los pocos días de asentarse ya trabajaba en construcción, como la mayoría de hombres del sector, y vivía como cualquier adulto todas las cargas laborales y preocupaciones económicas; ya convivía en ese ambiente en el que hay que madrugar para ir a trabajar, almorzar para seguir trabajando y dormir para amanecer descansado e ir a trabajar.

Era Luis Enrique Gutiérrez, que con su poncho y sus botas vivía cada día en medio de las dificultades: sin servicios públicos, sin facilidades de movilidad, sin dinero...

Corrían los últimos años del 60 y Luis Enrique recuerda que su ranchito estaba ubicado en el sector de La Candelaria –actualmente es el sector del barrio más próximo a la estación del Metrocable de Santo Domingo Savio– y que el sector tenía ese nombre porque para esa época, en medio de este lugar, estaba ubicada una antena radial de una emisora que llevaba por nombre La Candelaria.

Igualmente, si para Maria Celmira llovía, al joven Luis Enrique tampoco le escampaba. Él recuerda que este barrio "prácticamente se creó bajo la pobreza, casi todas las personas trabajábamos en construcción. Las personas que tuvieron la oportunidad de estudiar pudieron salir de estos espacios".

Luis Enrique también tenía que sufrir el problema de los servicios públicos. Una de las cuestiones que más recuerda era que el barrio no contaba con un sistema de alcantarillado y por lo tanto las personas tenían que fabricar una suerte de inodoros artesanales conocidos como letrinas, para poder hacer sus necesidades.

Estas letrinas que eran agujeros de por lo menos un metro de ancho por un metro de largo, con una profundidad media entre los cuatro y cinco metros, era el sistema de alcantarillado utilizado en todas las casas de Santo Domingo Savio. "La gente tenía que echarle cal si quiera una vez por mes a las letrinas para evitar el mal olor" me comenta Luis Enrique.

Las voces que clamaban la atención del Estado no eran escuchadas. Muy a la manera colombiana hasta que no pasó lo peor no se hizo nada por nadie.

La mañana del 29 de septiembre de 1974 es, sin duda, una de las fechas que más recuerdan los viejos habitantes de Santo Domingo Savio. Un alud de tierra -provocado por la verticalidad, la inestabilidad y el deterioro propio de los sistemas de letrinas- arrasó con por lo menos 15 humildes hogares y acabó con la vida de por lo menos 50 personas. Una dolorosa vida que invitó a las autoridades a quitarse la venda y mirar a lo alto de sus montañas.

(Para conocer más sobre el desastre en el barrio Santo Domingo Savio haga clic aquí).

Los incomunidados

Pero el problema de los servicios públicos fue tan sólo una de las penurias que tenían que soportar los habitantes de Santo Domingo Savio, además de las dificultades propias de terrenos ocupados improvisadamente y de forma desorganizada. Las condiciones de movilidad en el barrio eran poco menos que caóticas. Basta con recordar a los habitantes del sector La Esperanza que obligatoriamente tenían que tener una mula o un caballo para poder transportarse y poder transportar materiales y objetos a esta zona.

Para las décadas del 6o y del 70 la única comunicación que había en el barrio era la carretera al municipio de Guarne, pues en aquella época la carretera Medellín-Bogotá aun no existía. Toda esta antigua carretera era recorrida a pie por las personas que necesitaban llegar al centro de Medellín. Además, esta carretera también era uno de los principales caminos de llegada de los nuevos pobladores.

Para poder llegar al centro de Medellín, los habitantes de Santo Domingo Savio tenían que pasar al barrio San José-La Cima porque hasta allá llegaba el transporte público. Los obreros tenían que madrugar desde las tres o cuatro de la mañana para poder estar puntualmente en sus trabajos y además, tenían que tener los 45 centavos que les cobraba el bus entre semana para poder transportarse y no tener que atravesar la carretera a Guarne.

Luego, con el inicio de la pavimentación de las carreteras, poco a poco las diversas rutas de buses subían a 'La Montaña'. Con esto no sólo se pobló más el barrio y llegó gente nueva que disfrutaba con un típico ambiente antioqueño, festivo y comunitario; con esto ya se consideraba al barrio como una parte de Medellín, ya no era tan marginado, ya era incluido.

Pero, con la llegada de la violencia (o si se prefiere teóricamente de Las Violencias) al barrio, los caminos no serían suficientes para resarcir los caminos maltrechos de la desconfianza hacia todo poblador del barrio; el estigma de la comuna, el dolor de la guerra. (Haga clic aquí para ampliar la información sobre este tema).

"Ya estamos en sana paz"... pero las heridas aún no sanan

Con los años llegaron los cambios; la administración local se dio cuenta del abandono estatal en que habían caído estos barrios periféricos y la influencia que esto tuvo en el desarrollo de la violencia. Por tal motivo, la inversión social en estas zonas se convirtió en una forma por medio de la cual apaciguar los ánimos caldeados.

El Metrocable, los Parques Bibliotecas, el Centro de Salud, el Comando de la Policía y el aumento en la cobertura de la educación han sido los pilares fundamentales de este denominado proceso de 'Transformación. Luis Enrique Gutiérrez resume todo lo dicho en la siguiente frase: "El Metrocable fue una bendición de Dios porque a partir de ahí fue que la gente empezó a tomar conciencia de una vida en comunidad".

Pero no todo es color de rosa. La pobreza y la estigmatización son dos obstáculos que aún no han sido superados. Si bien, tanto Luis Enrique como Doña Celmira reconocen que las condiciones económicas de muchas personas han mejorado mucho, pues la misma infraestructura a convertido el barrio en un punto apto para el comercio, aun hay personas que tienen que levantarse a trabajar sin haber tomado siquiera un tinto.

Además, doña Celmira reconoce que la envidia de las personas fue y aun es uno de los factores más destacados dentro de la generación de conflictos entre los habitantes del barrio. Las mencionadas campañas de resolución pacífica de conflictos al parecer se limitaron demasiado en los jóvenes y dejaron de lado a los habitantes de más edad.

Igualmente, de los presupuestos participativos y la posibilidad de participar activamente en planes con la Alcaldía ellos poco saben. Nunca los han invitado a participar en charlas en las que se decida la inversión de los dineros destinados por el gobierno local y además poco les interesa pues reconocen que todavía hay violentos que les pueden hacer daño.

Oír decir en el barrio que a los paramilitares "mientras nada se les hace, ellos nada hacen" es una muestra de que las cosas aún no están tan transformadas como se cree. 'La Montaña' está tranquila, quizás tanto como lo estaba antes de que ocurriera la catástrofe del 29 de septiembre de 1974. Ahora solo cabe esperar que en la actualidad, el agua sucia y los excrementos no estén taponando las vías de acceso, pues si esto está sucediendo lo más probable es que en cualquier momento deje la misma cantidad de muertos que dejó el alud.

lunes, 8 de junio de 2009

Cotidianidad en Santo Domingo Savio

Unas calles pintadas con sangre



Es difícil creer que cualquier persona desconozca el estigma que se creó a partir de la palabra comuna. Y aunque este término signifique solamente una división administrativa que surge del gobierno local para la distribución y administración de los recursos, su definición en el espectro común de la sociedad va mucho más allá de una división territorial y ahonda en una época difícil a la que vagamente se le conoce como la época de la violencia.

Si partimos de una división político-administrativa el barrio Santo Domingo Savio pertenece a la comuna 1 de Medellín. Geográficamente está ubicado en el sector nororiental de la ciudad y es limitante con el municipio de Bello. Si hablamos desde un punto de vista social, tan sólo este barrio, para la mencionada época de la violencia, tenía más divisiones que todo Medellín y el Valle de Aburrá juntos. El problema para esos días eran los espacios, las gentes que me complacían, los territorios que me correspondían y la capacidad militar de dominar otros.

Pero, antes de continuar es importante revisar el contexto. Era la época de 1982 y el barrio estaba saliendo adelante. Las dificultades que habían surgido en el camino, cuando apenas y se estaba forjando, ahora eran solo unos obstáculos rebasados que quedarían atrás. Sin embargo, dos temas habían causado unas grietas gigantes en la estructura social de muchos de los habitantes del barrio: la pobreza y la exclusión.

Bajo estos dos cimientos se empezaron a construir unas juventudes que eran presa fácil de los vicios, del dinero fácil y los deseos de poder y reconocimientos. A su vez, Luis Enrique Gutiérrez menciona que había "milicianos que vinieron de otros lados a resguardarse aquí, a vivir aquí".

Este grupo de milicianos que se conformó en Santo Domingo Savio eran básicamente miembros del Ejercito Popular de Liberación, EPL y según, Luis Enrique, "ellos empezaron a acabar con gente indeseable: marihuaneros, ladronsitos...". Los primeros milicianos que llegaron venían de los municipios de Apartadó y Turbo y su principal fuente de ingresos eran las vacunas a los comerciantes, bajo el pretexto de la seguridad y el cuidado de sus locales. En este primer momento se puede hablar de una época en la que se evidencian unos ideales políticos que además responden al abandono estatal aplicando la ley bajo sus propios criterios.

Empero, frente a esos primero abusos y a las primeras muertes, se fueron tornando difíciles las situaciones y los que estaban siendo sometidos adoptaron un modelo de autodefensa bajo la idea de la protección de mi vida y la destrucción de la de mi enemigo.

Además de esta disputa, el narcotráfico fue uno de los factores más importantes que influyó en el desarrollo de este conflicto. Bajo esta fuente de dineros ilícitos, decenas de jóvenes desempleados y ávidos de dinero se rindieron fácilmente frente a cualquier asomo de poder que les dibujara un futuro mejor. Muchos se volvieron sicarios; otros apoyaban con algunas otras vueltas; y otros tantos se rodearon de este mundo a tal punto que terminaron por convertirse en jefes o capos de sus propios combos.

Todo ahora estaba sustentado en un ideal: La disputa de territorios. De ahí que las escenas de violencia eran reiterativas y dolorosas. Doña Celmira recuerda que "después de las seis de la tarde todas las puertas de las casas estaban cerradas, ya nadie salía de las casas a esa hora. Uno salía aquí a la puerta de la casa y ahí se podía uno encontrar un muerto. Inclusive a mi me daba mucho miedo salir a la tienda o mandar a alguno de los niños". También, pasar de un barrio a otro era entregar su vida en bandeja de plata a la muerte, pues para los diversos 'combos' todos eran enemigos y cualquier intruso podía ser un sapo.

Tras una época de continuos conflictos y disputas, los grupos paramilitares tomaron mayor auge y prácticamente despojaron de sus territorios a las milicias urbanas. Pero ahora el conflicto mutaba y se demostraba a partir de ataques entre los diversos grupos paramilitares de cada barrio, que querían hacerse con el control de los territorios.

Luego de los diferentes ataques de la Policía Nacional a los grandes líderes de las bandas y de los intentos continuos del Estado en recuperar el espacio perdido, poco a poco la violencia fue menguando y la cantidad de asesinatos disminuyó notablemente. Otro asunto de importancia fue la desmovilización de los grupos paramilitares, que condujo a la reducción de hombres armados, pues la presencia de estos grupos que ahora son denominados 'emergentes', es aún reconocible.

Escuche la entrevista con María Celmira Bustamante, habitante del barrio Santo Domingo Savio desde hace 43 años, quien vivió la muerte del hijo de Luis Enrique Bustamante en su propio hogar. Una narración desgarradora de un sólo fragmento de la violencia en la comuna 1 de Medellín:

Los servicios públicos artesanales



-"Aquí no llegaban los del municipio sino a cobrar los recibos de los servicios..."-Dice Luis en su característico tono gracioso.

-"...Y a cortarlos", comenta doña Celmira.

-(Risas).

-"Y a cortarlos porque no había con que pagar", culmina Luis Enrique.

-(Risas).

Así comienza este fragmento de la historia, que mientras era vivido causaba tantos dolores de cabeza y ahora que tan solo son recuerdos del pasado, significan algunas anécdotas más para contar y sonreír. Pero, y a modo de puya, ¿Será que ha cambiado mucho?

Escuche la entrevista a Luis Enrique Gutiérrez, quien explica cómo era el funcionamiento del sistema de letrinas y cuál fue su relación con el gran alud de tierra en 1974 en el barrio Santo Domingo Savio:

domingo, 7 de junio de 2009

El proceso de poblamiento: Un proceso de improvisación

La mayoría de personas que llegaban a Santo Domingo Savio lo hacían por dos razones: La primera de ellas fue la violencia política que azotó con tanta dureza a los territorios antioqueños; decenas de personas tuvieron que dejar sus hogares y venirse con lo poco que habían alcanzado a recoger para la ciudad. Muchos de ellos llegaban pobres y sin un lugar a donde llegar, por lo tanto confluían en las zonas apartadas donde posiblemente nadie los fuera a molestar por la ocupación deliberada de estos territorios y donde extrañaban poco su 'tierrita' porque ésta era muy similar a la que habían tenido que dejar.

La segunda razón por la que llegaban comúnmente las personas al barrio era por los deseos de progreso y de salir adelante; por los deseos de emplearse fácilmente en algún 'trabajito' en la ciudad para empezar a ganar plata y poder cumplir los sueños. Como Luis Enrique Gutiérrez, llegaban con el alma llena de sueños pero con los bolsillos vacíos.

Todo esto apuntó a que el barrio se convirtiera en un punto de reunión de la cultura antioqueña. Luis Enrique lo prefiere llamar la "Metrópoli Antioqueña" pues, "el barrio conglomeró un montón de gente que no éramos de aquí de Medellín, éramos todos de afuera, veníamos de Urabá, veníamos del occidente antioqueño, del suroeste y entonces todos éramos sino antioqueño, todos veníamos del campo".

Por todas estas razones, nunca hubo una planificación del barrio y por lo tanto todo era un completo desorden. A modo de anécdota, Luis Enrique me comenta que "aquí el que tenía un terrenito construía como podía. Es que ni tan siquiera un plano ni que carajos, aquí el plano era una cabuya, usted medía con una cabuya y así marcaba su lote. Por eso vos ves por ejemplo que salís de acá y allí abajo encontrás una casa atravesada; voltiás por el otro lado y encontrás un alambrado y ahí perdió la calle; y resulta que al otro lado hay otra casa, pero está entrando por el solar de 'doña julana' y así".

La ausencia de planificación fue aún más evidente en el proceso de nomenclatura. En muchas oportunidades y notando la falta de coherencia, las autoridades tuvieron que dejar a la deriva algunas calles y experimentar procesos no convencionales para poder dar un poco de orden urbanístico al barrio.

jueves, 28 de mayo de 2009

“Esto es nuestro y para ustedes también”

Indígena perteneciente a la comunidad Guambiana, principales miembros de las Autoridades Indígenas de Colombia (AICO)
Fotografía: ©Ivan Recalde Correa

Los Misak o grupos guambianos amerindios del sur de Colombia, reunidos en 1978 durante “La Primera Asamblea del Pueblo Guambiano” gritaron juntos: “ibe namuyguen y nimmerea” (En español: “Esto es nuestro y para ustedes también”) su máximo manifiesto y una frase que bien podría resumir la filosofía de todos los movimientos políticos de minorías étnicas en el país.

Valga aclarar que no son muchos los movimientos sociales y políticos legalmente reconocidos por la Registraduría Nacional del Estado Civil. El Movimiento Alianza Social Indígena (ASI), las Autoridades Indígenas de Colombia, El Movimiento Alianza Social Afrocolombiana (ASA) y el Movimiento Social Afrocolombiano (AFRO) y Opción Verde son los únicos con personería jurídica vigente de acuerdo a la resolución 1057 del 13 de julio de 2006, que disminuyó la cantidad de partidos y movimientos políticos en Colombia.

Estos movimientos políticos que nacen desde las minorías sociales tienen una característica en general: Su ideal de inclusión. El Movimiento Social Afrocolombiano declara que “por primera vez en la historia de nuestro país, se le da la posibilidad a ciudadanos afrocolombianos de dirigir un movimiento político nacional con personería jurídica y de direccionar a cada uno de los electos con políticas claras y reales de inclusión social a los ciudadanos que no han tenido oportunidades”.

Y es que la principal razón de ser de sus políticas y sus fundamentos radica en la falta de oportunidades que las minorías étnicas han tenido dentro de las estructuras políticas tradicionales. El boom de estos movimientos se dio durante la presidencia del militar Gustavo Rojas Pinilla, quien no pertenecía ninguno de los partidos políticos tradicionales y se tomó el poder colombiano en el año de 1953 por medio de un Golpe de Estado. Durante esta presidencia amplios sectores sociales vieron la posibilidad de una nueva representación -dado el carácter populista de ese gobierno- y se empiezan a incentivar los movimientos sindicales, obreros, sociales y étnicos.

A lo largo del Frente Nacional, y aunque no tenían la oportunidad de participar activamente en la política, los movimientos siguieron conformándose y cada vez eran más sólidas las bases bajo las que se cimentaban.

Actualmente, estos movimientos políticos se han convertido en opciones posibles de gobierno, con un poder de decisión mucho más fuerte y ocupando importantes cargos públicos. Las principales razones para que esto sucediera las explica la Alianza Social Indígena dentro de su perfil político, argumentando que “la crisis de la izquierda y los partidos tradicionales, así como el resquebrajamientos de los valores tradicionales de la sociedad colombiana agudizados por la irrupción del narcotráfico, el terrorismo, el paramilitarismo, el sicariato, traen como consecuencia la pérdida de confianza y crisis de legitimidad de los partidos tradicionales y de izquierda”.

Por esto, los movimientos políticos de minorías proponen opciones más humanitarias, que rescaten los valores del hombre y en donde la unidad, basada en un modelo pluriétnico y multicultural, como se plasma en la constitución, sea el modelo alternativo de un nuevo poder que, no es tan nuevo, pero sólo hasta ahora está siendo escuchado.

domingo, 24 de mayo de 2009

“Transformación que los blancos llaman: ‘infraestructura’”

Fotografía: Edwin Ciro-La Fuerza Informativa©

Esas palabras firmes y decididas, que asemejan un discurso político en medio de una plaza pública, son pronunciadas por Eulalia Yagarí González, diputada de la Asamblea Departamental de Antioquia por la Alianza Social Indígena (ASI), cuando le preguntó si realmente Medellín vive un proceso de transformación. “Infraestructura, en eso sí ha habido transformación –continúa ella–. Se ve que hay un poco más de cultura; al menos en los barrios populares de Medellín colocaron una biblioteca, en vez de colocar un fusil […] esos dos procesos los valoro”.

Lo más significativo de su discurso es que siendo ella una líder activa del partido político que apoyó directamente las campañas de Alonso Salazar, actual Alcalde de Medellín, y de Sergio Fajardo, alcalde de la misma ciudad durante el periodo 2004-2007, no deja de lado las falencias que han existido en los procesos de transformación de la ciudad y pide incansablemente a la administración local, departamental y nacional que entienda que lo que necesita el pueblo es “salud, trabajo y educación” y que se de “invertir más en la clase pobre del país para evitar la guerra”.

Eulalia Yagarí González es una indígena nacida en 1960 en el resguardo indígena Embera Chamí de Crtistanía, ubicado en el municipio de Jardín, Antioquia. Desde muy joven se involucró en la política; más precisamente, a los catorce años cuando luchó por la recuperación de terrenos de su resguardo indígena, que estaban siendo invadidos por hacendados cafeteros de la región. Esta batalla cambiaría su vida y le definiría el rumbo de su carrera; seguiría luchando por los derechos de las minorías, por los derechos de las mujeres y, sobre todo, por los derechos de su comunidad.

Ahora, como diputada de la Asamblea Departamental de Antioquia, y a pesar de ser una minoría en esta entidad, Eulalia Yagarí ha luchado por la defensa de los derechos de las mujeres y ha defendido a las clases más pobres del departamento.

Pero en este momento una de sus preocupaciones más grandes es la reactivación de la violencia en la ciudad de Medellín. Para ella, el problema radica en que los “grupos emergentes quedaron solos, sin un líder porque a sus jefes los llevaron para las cárceles de los Estados Unidos, y esto es la causa del desorden en la ciudad”.

La solución, en su concepto, no está en las armas; la solución es que “la humanidad replantee su forma de pensar. […] Los delincuentes no nacieron delincuentes, ellos son victimas de un abandono social del Estado y por esto tiene que existir una política social que fomente la salud y la educación”.

Por esta razón, Eulalia Yagarí sigue trabajando para que la situación cambie, porque si bien siente que las cosas están mejorando, considera que aún falta mucho camino por recorrer y ella, desde su movimiento político, quiere hacerse partícipe en la
construcción de ese nuevo camino.


Escuche un fragmento de la entrevista a Eulalia Yagarí:

jueves, 30 de abril de 2009

Cuento: Y los pájaros de bronce ‘volaron’ a un ‘mejor lugar’

Cuenta la leyenda que el famoso herrero de la Villa de Ana, de apellido Botero, conocido por ser un tanto exagerado en sus trabajos -lo que le había generado tanto venias como disgustos-, regaló a la Capitanía General de la Villa una de sus obras.

No una obra cualquiera; era singular y especial, porque tenía vida. Era un pájaro, ¡Grande como él solo! Tanto que Botero hubo de pararse de puntas encima de una silla del comedor para organizarle el pico cuando apenas lo estaba terminando. Y ¡Ah! Si dio lidia aquel pájaro.

Algunos mercaderes le donaron materiales para la construcción de aquella obra y ¡es que darle vida a un pájaro cuesta! Y el herrero Botero tenía, pero no tanta. Terminose la obra y al final, como ya se dijo, él buen herrero le regaló el pájaro a la Capitanía.

La Capitanía general lo dispuso a la vista de todos, en la plaza central de San Antonio, para que vieran el pájaro vivo, único en el mundo, y recordaran a aquel buen herrero que lo donaba.

Pero en la Villa de Ana todo andaba de mal en peor. Por allá en la mitad de una década dura para la Villa, pues los más revoltosos y jovencitos de las familias de los ‘AUCensios’ liderados por el papá Carlos que los mantenía unidos, y los otros que no eran conocidos por el apellido sino por el apodo de los ‘Farsiantes’ (por haberse robado unas gallinas y guardarlas en minúsculos enrejados, alegando que a ellos se les habían robado primero unos burros y que hasta que no se los devolvieran no devolvían las gallinas), tenían una disputa casada por ser los más dominantes y reconocidos y por llevarse a las niñas más bonitas de la comarca.¡Vaya pelea esa que le costó más de un muerto a cada familia…y a otras!

Se volvió tan conocida la disputa que hasta los ostentosos traficantes de tabaco hacían apuestas a ver quién ganaba cada batalla; y claro, los más usureros y aficionados le daban hasta plata a alguno de los bandos para que ganaran.

Pero bueno, dejando el tema de estas familias que hasta el sol de hoy se pelean, volvamos a la mitad de esa década dura que fue cuando el herrero Botero tuvo que declarar su obra como, palabras textuales, “Un monumento a la estupidez”.

Resulta que, en medio de esas batallas que se formaban entre los ‘AUCensios’ y los ‘Farsiantes’, y otros más que se metieron a pelear, algunos por plata, otros sin saber como terminaron ahí, ¡Pam! Que explota una bomba. Justo en la Plaza de San Antonio, justo en el pájaro que ya descansaba en su sitio porque eran las 7:35 p.m.

Se murió el pájaro y con él se fueron 22 personas que pasaban cerca de él, mientras que otras 100 quedaron lesionadas.

Algunos pensaron que era una de esas peleas duras entre esas dos familias, que cuando se tiraban a demostrar poderío, lo demostraban sin miramientos de nada. Otros dijeron que era porque el hijo de Botero, estaba ‘encochinado’ con el Virrey de aquella época en la venta o compra de un elefante que se llamaba 8.000 (curioso nombre para un animal; debió ser por lo grande).

El caso es que el herrero Botero llamó a su obra “un monumento a la estupidez” porque ningún motivo justificaba ese ataque a su pájaro, y mucho menos a las personas que lo circundaban. Y pidió que lo dejaran ahí para que todos recordaran la estúpida manera en que se comportaba la Villa de Ana de aquella época.

Un quinquenio después, cuando al herrero se le pasó la pena moral y la rabia sobre todo, hizo otro y lo puso cerca de su gemelo destruido. Este ya no vivía, no quería construir otro para que no sufriera como el anterior, porque los Montesco y los Capuleto de la Villa de Ana seguían peleando; e incluso con un aliciente, como se murió el tío Carlos, los ‘AUCencios’ se desunieron y terminaron agarrándose entre ellos. Más peleas todavía.

El pájaro era inerte y lo sería sólo hasta el día en que las cosas verdaderamente cambiaran.

Pero, la Capitanía General de la Villa viendo que la violencia entre estas familias les afectaba el comercio con los extranjeros, se empeñó en demostrar que las cosas habían cambiado.

Incluso, en alusión a la vida del pájaro, hicieron que ‘volara’ junto con su gemelo destruido a un lugar mejor para que los foráneos que visitaran la Villa los conocieran. Pero nada, los pájaros por si solos no movían ni una pluma. El uno por muerto y el otro porque aún no le llegaba la hora.

Y es que algunos de los puritanos católicos pensaban que ese pájaro no movía un ala porque estaba en esa plaza tan cerca de los pobres y de los negros y lo cambiaron para más cerquita de ellos haber si así les funcionaba la estrategia. Pero nada.

Y estas son las horas que el pájaro no mueve un ala. Él espera su hora; cuando todo cambie trinará, saltará y empollará a los niños, para acariciarlos con su suave plumaje. Por ahora, el pájaro está duro como el bronce y llora inmóvil la muerte de su hermano mayor que nunca conoció con alas.
Fotografía de Fernando Botero: http://www.boteroinvenice.com/

“Medellín, transformación de una ciudad”

Ese es el nombre de la exposición organizada por la Alcaldía de Medellín, con el apoyo del Museo de Antioquia y del Museo de Arte de Moderno de Medellín, en el marco de la asamblea de gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) realizada a finales del pasado mes de marzo.

El objetivo de esta exposición fue mostrar a los visitantes los procesos históricos que, según la administración local, ha vivido Medellín: 1. El Nacimiento y desarrollo. 2. La Violencia: Décadas del los ochenta y noventa. 3. El quiebre. 4. La esperanza. 5. La confianza.

Mire algunas fotografías de la exposición: