
Algunos mercaderes le donaron materiales para la construcción de aquella obra y ¡es que darle vida a un pájaro cuesta! Y el herrero Botero tenía, pero no tanta. Terminose la obra y al final, como ya se dijo, él buen herrero le regaló el pájaro a la Capitanía.
La Capitanía general lo dispuso a la vista de todos, en la plaza central de San Antonio, para que vieran el pájaro vivo, único en el mundo, y recordaran a aquel buen herrero que lo donaba.
Pero en la Villa de Ana todo andaba de mal en peor. Por allá en la mitad de una década dura para la Villa, pues los más revoltosos y jovencitos de las familias de los ‘AUCensios’ liderados por el papá Carlos que los mantenía unidos, y los otros que no eran conocidos por el apellido sino por el apodo de los ‘Farsiantes’ (por haberse robado unas gallinas y guardarlas en minúsculos enrejados, alegando que a ellos se les habían robado primero unos burros y que hasta que no se los devolvieran no devolvían las gallinas), tenían una disputa casada por ser los más dominantes y reconocidos y por llevarse a las niñas más bonitas de la comarca.¡Vaya pelea esa que le costó más de un muerto a cada familia…y a otras!
Se volvió tan conocida la disputa que hasta los ostentosos traficantes de tabaco hacían apuestas a ver quién ganaba cada batalla; y claro, los más usureros y aficionados le daban hasta plata a alguno de los bandos para que ganaran.
Pero bueno, dejando el tema de estas familias que hasta el sol de hoy se pelean, volvamos a la mitad de esa década dura que fue cuando el herrero Botero tuvo que declarar su obra como, palabras textuales, “Un monumento a la estupidez”.
Resulta que, en medio de esas batallas que se formaban entre los ‘AUCensios’ y los ‘Farsiantes’, y otros más que se metieron a pelear, algunos por plata, otros sin saber como terminaron ahí, ¡Pam! Que explota una bomba. Justo en la Plaza de San Antonio, justo en el pájaro que ya descansaba en su sitio porque eran las 7:35 p.m.
Se murió el pájaro y con él se fueron 22 personas que pasaban cerca de él, mientras que otras 100 quedaron lesionadas.
Algunos pensaron que era una de esas peleas duras entre esas dos familias, que cuando se tiraban a demostrar poderío, lo demostraban sin miramientos de nada. Otros dijeron que era porque el hijo de Botero, estaba ‘encochinado’ con el Virrey de aquella época en la venta o compra de un elefante que se llamaba 8.000 (curioso nombre para un animal; debió ser por lo grande).
El caso es que el herrero Botero llamó a su obra “un monumento a la estupidez” porque ningún motivo justificaba ese ataque a su pájaro, y mucho menos a las personas que lo circundaban. Y pidió que lo dejaran ahí para que todos recordaran la estúpida manera en que se comportaba la Villa de Ana de aquella época.
Un quinquenio después, cuando al herrero se le pasó la pena moral y la rabia sobre todo, hizo otro y lo puso cerca de su gemelo destruido. Este ya no vivía, no quería construir otro para que no sufriera como el anterior, porque los Montesco y los Capuleto de la Villa de Ana seguían peleando; e incluso con un aliciente, como se murió el tío Carlos, los ‘AUCencios’ se desunieron y terminaron agarrándose entre ellos. Más peleas todavía.
El pájaro era inerte y lo sería sólo hasta el día en que las cosas verdaderamente cambiaran.

Pero, la Capitanía General de la Villa viendo que la violencia entre estas familias les afectaba el comercio con los extranjeros, se empeñó en demostrar que las cosas habían cambiado.
Incluso, en alusión a la vida del pájaro, hicieron que ‘volara’ junto con su gemelo destruido a un lugar mejor para que los foráneos que visitaran la Villa los conocieran. Pero nada, los pájaros por si solos no movían ni una pluma. El uno por muerto y el otro porque aún no le llegaba la hora.
Y es que algunos de los puritanos católicos pensaban que ese pájaro no movía un ala porque estaba en esa plaza tan cerca de los pobres y de los negros y lo cambiaron para más cerquita de ellos haber si así les funcionaba la estrategia. Pero nada.
Y estas son las horas que el pájaro no mueve un ala. Él espera su hora; cuando todo cambie trinará, saltará y empollará a los niños, para acariciarlos con su suave plumaje. Por ahora, el pájaro está duro como el bronce y llora inmóvil la muerte de su hermano mayor que nunca conoció con alas.
Fotografía de Fernando Botero: http://www.boteroinvenice.com/